jueves, 24 de enero de 2013

QUE FREUD DESCANSE EN PAZ



SECCIÓN INCONSCIENTE Y LUCHA DE CLASES 

Publicado en Revista Topía Nº56, Septiembre 2009


“Hombre soy, nada de lo humano me es ajeno” (frase predilecta de K. Marx cuya autoría se la atribuyer al comediante griego Publio Terencio, muerto presumiblemente en el año 169 a.c.)

Una cultura que deja insatisfecho a un número tan grande de sus miembros y los empuja  a la revuelta, no tiene perspectiva de conservarse de manera duradera ni lo merece…” (S. Freud)

El libro “A la izquierda de Freud” publicado recientemente por Topía se presenta en sociedad con un título que provocativamente obliga a cualquier individuo que se referencie con el campo del (o los) psicoanálisis y el marxismo a sumergirse en su interior. El contexto particularísimo de su aparición agrega una pizca de sabor a la consulta: el cuadro mundial de derrumbe capitalista por un lado, y los desafíos que se presentan cotidianamente en la clínica psicoanalítica vinculados con los padecimientos subjetivos (este último factor indudablemente vinculado con el primero).

Creo que  sería una redundancia volver a destacar conclusiones aportadas en su momento por la corriente llamada “freudomarxista”, independientemente de la opinión crítica que –como freudianos y marxistas- podamos tener sobre las mismas. En el contenido del libro se marca la diferencia entre los distintos autores que se pretende reivindicar de conjunto: mientras algunos intentaron generar una “transdisciplina” a manera de síntesis del marxismo y el psicoanálisis, otros promovieron integrar algunos conceptos del marxismo en la práctica clínica psicoanalítica (como el caso de José Bleger, Enrique Pichón Riviere o Marie Langer que a diferencia de un Erich Fromm o Herbert Marcuse se caracterizaron por su trascendencia en la práctica del campo de la salud mental).

Sin embargo, la riqueza de una crítica literaria –y por qué no que intente preciarse desde una perspectiva científica- radica muchas veces en señalar críticamente sus contradicciones, limitaciones y lo que podrían considerarse hasta ciertos prejuicios para abrir interrogantes frente a las hipótesis planteadas por muchos de los autores y rescatadas por el prestigioso psicoanalista Alejandro Vainer en su introducción. 

¿Qué diría hoy Wilhelm Reich –dejamos de lado por razones obvias su práctica sobre el “orgón- de la actual cultura “represiva” como fuente etiológica de las neurosis cuando en un país capitalista atrasado se eleva como el máximo símbolo “vedetteril” a una “mujer” que no nació mujer? (y hasta contrae matrimonio en “cadena nacional” regocijando a millones de señoras gordas en vivo y en directo que la toman como ideal). O el propio Herbert Marcuse, en tiempos en que el “establishment” burgués reivindica que un “afroamericano” presida la principal potencia imperialista en todo el mundo en simultáneo a que una mujer lesbiana (o sea oprimida por su condición de género y elección de objeto) ha tomado las riendas del Estado en Islandia luego de la primer gran crisis política desenvuelta a partir del profundo derrumbe bursatil del 2008.  

Claro está, que estos aspectos distintivos no han sido consecuencia de ninguna transformación social de carácter revolucionario; lejos de eso, junto a estos fenómenos culturales “nuevos” (por nombrar sólo algunos), los síntomas neuróticos de hoy día se potencian en inhibiciones y angustias no vistas en el campo clínico de los tiempos de la moral victoriana de Freud ni de la cultura del malestar (sexual y social) de Reich y Marcuse. 

Resulta llamativo que en A La Izquierda de Freud no se señale que el “discurso capitalista” en gran parte se ha apropiado de muchas de las históricas reivindicaciones de la “contracultura”, además de ponerlas en práctica cotidianamente. Ante el cuadro planteado ¿de qué lado quedaría ese “plus” de la “plusrepresión” marcuseana y su “principio de ejecución” cuando el discurso capitalista ya –hace un rato largo- no nos convoca a privarnos de lo que unos pocos gozan sino justamente a todo lo contrario, a gozar ilimitadamente como si fueramos ese “Otro”?

Intentar acercarse a una solución de algunas de estas disyuntivas refundando un nuevo “freudomarxismo” modelo tercer milenio (algo así como la versión “socialista” en Venezuela del General Hugo Chavez con su “socialismo del siglo XXI”) podría ser una buena intención. Muy claramente, y de manera un tanto audaz, el propio Vainer invita al lector en el cierre de su introducción a un “transitar a la izquierda de Freud” (negritas del autor original).

Primero, creo conveniente interrogarnos sobre el sugerente título del libro (y la conclusión en la introducción del mismo por parte de Vainer). ¿Por qué y para qué “transitar a la izquierda de Freud”, esto es “correrlo a la izquierda”, o peor aún, correrlo   “por izquierda” cuando él mismo ni remotamente pretendió referenciarse con el campo marxista? 

Sabido es que Freud no era un revolucionario en términos marxistas. Simplemente era un médico pequeñoburgués  que elaboró una teoría –recortada- del sujeto (y su padecer) a partir de su práctica clínica, el descubrimiento del inconsciente y las constantes reformulaciones que fue desarrollando, las cuales nunca pretendieron erigirse como una salida política a las contradicciones insalvables del régimen capitalista. El mismo Freud “sociólogo” se encarga de aclarar eso en obras como “El Malestar de la Cultura”, “El Porvenir de una Ilusión” y en la olvidada conferencia 35 de “Nuevas Lecciones Introductorias del Psicoanálisis” titulada  Weltanshaung (en alemán, “Concepción del Mundo”) donde resalta que el psicoanálisis no es una doctrina  “completa” de la condición humana –a diferencia del marxismo como lo dice el propio Freud-. Es interesante seguir línea a línea dicha conferencia ya que Freud destaca los descubrimientos de Marx en relación al análisis materialista de la historia, mientras que se delimita del mismo padre del materialismo dialéctico por no haber tenido en cuenta el factor pulsional tanático en los períodos convulsionados. Eso lo pinta de cuerpo entero. Si tuviéramos el privilegio de tener vivo a Freud, también podríamos irrespetuosamente preguntarle por qué Marx debería haber “descubierto” su último dualismo pulsional (si para el propio Marx el “problema económico” (del masoquismo, por qué no) pasaba por las relaciones sociales de producción.

En ese sentido, discutamos todo lo que tengamos que discutir en relación a que perspectivas se presentan para el campo de la izquierda revolucionaria en la presente crisis capitalista voraz pero en relación a ese debate, bien podríamos apiadarnos de Freud sin necesidad de transitar “a su izquierda” (mucho menos “correrlo por izquierda”) y dejarlo desacansar en paz.

Con esto no se pretende “encultecer” a nuestros padres teóricos cuando muchas veces se trata (con el costo que eso tiene para nuestra angustia) de ir más allá de ellos, pero en su propio campo teórico. Sobre esto, Jacques Lacan planteó su “pere-versión”. Curiosamente el libro (salvo un par de alusiones pasajeras) omite de una manera monumental al psicoanalista francés, quien a pesar de sus erradas intervenciones políticas  “in situ” durante las jornadas revolucionarias del Mayo francés, de nunca haber pretendido fundar un “freudomarxismo” afrancesado ni transitar a la izquierda de Freud, sumado a la epidemia de posiciones reaccionarias asumidas desde hace tiempo por varios “popes” lacanianos (empezando por el propio Jacques Alain Miller), ha aportado desarrollos –por lo memos llamativos- en el campo del psicoanálisis vinculados a las categorías marxistas. 

Conceptos como “plus de goce” (en algunos aspectos parecido al concepto mascuseano de “plusrepresión”), “objetos gadgets” y el “discurso capitalista” como nuevo “discurso amo” de un régimen histórico en decadencia –y su incidencia en el sujeto y sus síntomas- merecerían un lugar a la hora de reivindicar, aunque sea como mero interés intelectual, la articulación de categorías del psicoanálisis y el marxismo (sin con esto pretender desde luego que la revolución socialista llegará promoviendo masivamente el Seminario 17 de Lacan); no es menor que hasta el propio Lacan –al igual que en el caso de Freud, dentro de sus limitaciones ideológicas pequeñoburguesas- calificó a Karl Marx como el “inventor del síntoma”. 

Quizás quedaría para otro debate las elucubraciones sobre el supuesto carácter “oscurantista” de la concepción lacaniana del discurso como instancia de determinación subjetiva; sin embargo, la inexistencia de Lacan en A la Izquierda de Freud también marca una posición –por lo menos- en el campo de la clínica psicoanalítica actual.

Por último, cabría analizar si los actuales desafíos en el campo de la clínica (los cuales vienen siendo desarrollados hace años desde diferentes perspectivas por la Revista Topía) sumado a las propias y groseras limitaciones y desviaciones de un importante sector de la izquierda revolucionaria mundial (o por lo menos de aquella que se reivindica como tal) se remiten a la falta de una nueva “praxis de transformación individual y social” propuesta por Vainer como perspectiva a una transdisciplina “todo terreno” que se mueva entre el diván y la lucha de clases. 

Las desviaciones mencionadas  acarrean elementos más profundos. Si partidos que dicen referenciarse con el marxismo han apoyado en su momento un gobierno fascista y parapolicial como el de Isabel Perón, o el propio golpe genocida de 1976 o para no ir tan lejos, más recientemente han flameado sus banderas rojas junto a la reaccionaria oligarquía terrateniente a metros de la Sociedad Rural Argentina, estas grotescas y crminales acciones políticas no se remiten a una falta de comprensión teórica en relación a los aportes que pueda realizar en esta etapa el psicoanálisis al marxismo y viceversa. 

Para el campo de la clínica y sus nuevas presentaciones, la actual singularidad del padecimiento subjetivo en todas sus manifestaciones (derrumbes narcisistas, adicciones, actings, etc.) dificilmente puedan ser resueltas impulando un “ideal socialista” desde el deseo del analista si no tenemos en cuenta –tomando desde luego como elementos en el “caso por caso” los llamados “signos de la época- qué está en juego en el deseo del sujeto. Lo que está en juego ahí es nada más y nada menos que la ética del psicoanálisis.  

Si bien la lucha de clases y la etapa histórica de descomposición de un régimen se entromete sin avisar por la ventana del consultorio a través del discurso del sujeto  analizante –en el mejor de los casos- el problema del “QUÉ HACER” frente las tareas postergadas que puedan dar lugar a una nueva etapa histórica para el sujeto y el conjunto de la humanidad ya están resueltas desde hace décadas en el campo del marxismo. No hace falta inventar nada nuevo, menos refritarlo. La toma de conciencia (revolucionaria) de la clase no surgirá en un diván, ni el neurótico se reencontrará con su deseo aplastado por medio de un “insight” socialista. 

Frente al derrumbe capitalista, la “caída del Padre” y sus consecuencias subjetivas, tanto en la singularidad del individuo como en su pertenencia de clase, resulta hasta peligroso fundir en un oximorón la tarea del Partido revolucionario y los problemas actuales de la clínica psicoanalítica.

La misma praxis revolucionaria y psicoanalítica (cada una desde su lugar) irá decantando sus tareas y posiciones, sin necesidad de transitar “a la izquierda de Freud”.   


“La crisis de la humanidad se reduce a la crisis de su dirección revolucionaria” (L. Trotsky)

“Acá desde esta tribuna, enunciamos lo que el psicoanálisis nos permite concebir, es por la vía que abrió el marxismo, a saber que el discurso está ligado a los intereses del sujeto” (J. Lacan)

Hernán Scorofitz

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